18 octubre, 2006
13 octubre, 2006
La relación con los otros





La Tercera Estación trabajó con materiales de desecho a través de la confección de máscaras. Durante una hora, niños y adultos sin distinción se lanzaron a la misión de elaborar una máscara que fuera un símbolo de agradecimiento, o de protección, rescatando el sentido que estos elementos tuvieron y siguen teniendo en diferentes culturas. La confección de las máscaras fue otra de las formas de provocar el trabajo colaborativo entre niños y adultos. Los resultados fueron exhibidos en un impresionante desfile y un baile en la cancha central, animados por los tambores y los cantos y aplausos de los mismos asistentes.
Imposible reflejar la riqueza del trabajo, van algunas imágenes solo como ejemplo...
Un encuentro con las raíces





La Segunda Estación, trabajó a través de la narración de historias mapuches (a cargo de Juan Liempi y Guru Hari Singh) y luego se invitaba a que cada persona o grupo familiar dibujara, reflejando el modo en que se veían a sí mismo y la conexión con sus ancestros. Aparecieron situaciones muy especiales, conversaciones entre padres e hijos que nunca antes habían tenido, trabajos colectivos y obras individuales con hermosas formas de ilustrar la conexión con la espiritualidad y el origen. Este fue uno de los modos en que se intensionó el diálogo intergeneracional.
Aquí hay algunas de las imágenes entre las muchas que aparecieron. Todas ellas fueron enlazadas en cintos rojos que adornaron el espacio de trabajo durante todo el Encuentro.
11 octubre, 2006
Cuarta Estación
ITROFIL MOGEN
La vida toda que existe en el Universo, se le ha traducido como la biodiversidad, donde el hombre es una vida más, al igual que las plantas, los animales, las montañas, los ríos; es por esto que hablamos desde la biodiversidad y no de la biodiversidad.
El conocimiento ancestral nos muestra que existe un ordenamiento, un conjunto de leyes de convivencia entre todos los seres que habitan en este planeta. Este orden natural es parte de la espiritualidad del pueblo Mapuche y es el resultado de miles de años de observación, reflexión, confirmación que conforma la sabiduría, kimún mapuche, uno de los aspectos más importantes para estar situados realmente en el itrofil mogen.
Vivimos en el sur del mundo, ubicados al lado oeste de la gran cordillera y cada día al amanecer saludamos hacia la cordillera de donde sale el sol, de donde viene la vida toda, los ríos, el agua vital para nuestra existencia. También en la ceremonia del nguillatun, nos ubicamos frente al este y nos ordenamos en filas frente al lugar de donde sale el sol, avanzamos y retrocedemos para volver a avanzar, como lo hace el sol, el tiempo, en su curso incesante; giramos y vamos siguiendo el recorrido del sol del este al norte, y seguimos hacia el oeste, pasamos por el sur y empezamos de nuevo.
El nguillatun es la ceremonia mapuche más importante y tiene muchos significados, rogativa, agradecimiento, crear unidad, dar-recibir, y se baila 3 días y 3 noches, cada 4 años dependiendo de la comunidad. Para hacer un nguillatun se requiere de una machi, un o varios lof (comunidad), un nguillatue que es un lugar consagrado para esa actividad, etc., por lo que sólo realizaremos el purrun (danza), del nguillatun, con mucho respeto y humildad.
Al dirigirnos a los cuatro puntos cardinales estamos también considerando el concepto de melihuitranmapu, los cuatro lados del Universo, puelmapu la tierra del este, huillimapu la tierra del sur, pikunmapu la tierra del norte y lafquemapu la tierra del oeste. Las cuatro esquinas son también las cuatro estaciones, que podemos observar en el dibujo del cultrun (tambor), que es una síntesis del calendario mapuche que es muy importante ya que refleja el ordenamiento del tiempo del hemisferio sur, no como el calendario con el que nos regimos que viene del hemisferio norte. Por último, la familia divina, cuatro personas, una pareja de ancianos, una pareja de jóvenes, dos parejas que son sólo una, y una pareja que es sólo uno, el gran espíritu, el ser de todos los seres.
La gente antigua dice que desde que existe la Tierra existe el cultrun y tan antiguo como éste es el canelo, el árbol sagrado, llamado foye en mapudugun, y tiene la raíz FO, de la palabra forro (hueso), fotun (hijos), folil (raíz); es que el foye representa el enraizamiento que tiene el mapuche con la tierra, el ser parte de la tierra.
La vida toda que existe en el Universo, se le ha traducido como la biodiversidad, donde el hombre es una vida más, al igual que las plantas, los animales, las montañas, los ríos; es por esto que hablamos desde la biodiversidad y no de la biodiversidad.
El conocimiento ancestral nos muestra que existe un ordenamiento, un conjunto de leyes de convivencia entre todos los seres que habitan en este planeta. Este orden natural es parte de la espiritualidad del pueblo Mapuche y es el resultado de miles de años de observación, reflexión, confirmación que conforma la sabiduría, kimún mapuche, uno de los aspectos más importantes para estar situados realmente en el itrofil mogen.
Vivimos en el sur del mundo, ubicados al lado oeste de la gran cordillera y cada día al amanecer saludamos hacia la cordillera de donde sale el sol, de donde viene la vida toda, los ríos, el agua vital para nuestra existencia. También en la ceremonia del nguillatun, nos ubicamos frente al este y nos ordenamos en filas frente al lugar de donde sale el sol, avanzamos y retrocedemos para volver a avanzar, como lo hace el sol, el tiempo, en su curso incesante; giramos y vamos siguiendo el recorrido del sol del este al norte, y seguimos hacia el oeste, pasamos por el sur y empezamos de nuevo.
El nguillatun es la ceremonia mapuche más importante y tiene muchos significados, rogativa, agradecimiento, crear unidad, dar-recibir, y se baila 3 días y 3 noches, cada 4 años dependiendo de la comunidad. Para hacer un nguillatun se requiere de una machi, un o varios lof (comunidad), un nguillatue que es un lugar consagrado para esa actividad, etc., por lo que sólo realizaremos el purrun (danza), del nguillatun, con mucho respeto y humildad.
Al dirigirnos a los cuatro puntos cardinales estamos también considerando el concepto de melihuitranmapu, los cuatro lados del Universo, puelmapu la tierra del este, huillimapu la tierra del sur, pikunmapu la tierra del norte y lafquemapu la tierra del oeste. Las cuatro esquinas son también las cuatro estaciones, que podemos observar en el dibujo del cultrun (tambor), que es una síntesis del calendario mapuche que es muy importante ya que refleja el ordenamiento del tiempo del hemisferio sur, no como el calendario con el que nos regimos que viene del hemisferio norte. Por último, la familia divina, cuatro personas, una pareja de ancianos, una pareja de jóvenes, dos parejas que son sólo una, y una pareja que es sólo uno, el gran espíritu, el ser de todos los seres.
La gente antigua dice que desde que existe la Tierra existe el cultrun y tan antiguo como éste es el canelo, el árbol sagrado, llamado foye en mapudugun, y tiene la raíz FO, de la palabra forro (hueso), fotun (hijos), folil (raíz); es que el foye representa el enraizamiento que tiene el mapuche con la tierra, el ser parte de la tierra.
Segunda Estación
La gente de la tierra[1]
(Leyenda sobre el origen de la raza mapuche)
Las abuelas de las tribus mapuches cuentan cómo se formó la gente de la tierra. Sus cualidades más notables, la fuerza y la astucia, dicen que las heredaron del puma y de los zorros de la siguiente manera:
Hace muchos años un indio convidó a sus hijos, niño y niña, a subir la montaña a recoger piñones.
Aunque los niños eran de corta edad, podían ayudar metiéndose en lugares estrechos o bajando a las quebradas para juntar el fruto que durante el invierno les serviría de alimento.
Partieron con sacos y canastos, arriando un par de guanacos para cargarlos con la cosecha.
Todavía no se dejaban caer las lluvias, aunque el otoño comenzaba. Los días habían estado calurosos y mientras subían a la montaña, escuchaban el estallido de los piñones, en lo alto de las araucarias, lanzando por el aire su carga de sabrosas semillas.
El padre y los niños celebraban con gritos y risas cada estallido de los piñones, que como lluvia, caían a la tierra, entre la hojarasca.
- ¡La cosecha será muy buena, con este tiempo seco! -celebró el padre-. Estaremos varios días por allá arriba, en el gran bosque.
Y contó a los niños que los piñones eran regalo de los espíritus protectores, lo mismo que las fresas silvestres, las papas, las avellanas y la deliciosa murta, que además de ser una planta linda de mirar, carece de espinas.
En el gran bosque buscaron un lugar donde dormir y luego se pusieron a recoger piñones que ese año se habían dado especialmente grandes y de cáscara firme y dorada.
Y estaban en medio de su tarea cuando de pronto el tiempo cambió. Sopló el viento norte, los nubarrones aparecieron unos más negros que otros por detrás de los cerros como si alguien los fabricara sin cesar.
Y aunque el padre y los niños se apresuraron a llenar sus sacos y canastos para descender luego al valle, el temporal los sorprendió en plena cordillera. Al poco rato los riachuelos se transformaron en torrentes y los ríos en grandes avenidas. El Hacedor de lluvias, montado en sus nubarrones, hizo caer un verdadero diluvio.
- Vamos a refugiarnos en una roca alta – dijo el padre, indicando un enorme peñasco que sobresalía como una plataforma sobre la quebrada. Ayudó a los niños a trepar, pero ni él ni los guanacos cargados de frutos alcanzaron a subir y un torrente arrastró en sus aguas, que retumbaban con todas las voces desatadas de la montaña.
Los niños lloraron a gritos, abrazados sobre la roca, al ver desaparecer a su padre y a la pareja de guanacos que criaron desde pequeños; pero sus llantos no hacían sino aumentar la furia de las aguas. El Hacedor de lluvias reía con largos truenos y dejaba caer culebrillas relampagueantes para iluminar el desastre; el espectáculo de los pueblos arrasados y de los hombres y animales que se ahogaban parecía producirle una gran felicidad.
Pasaron muchas horas, tal vez días, y los indiecitos se sintieron condenados a morir de hambre y frío en su refugio. La tempestad aumentaba a ratos y luego decaía sólo para cobrar nueva fuerza. Los valles empezaron a inundarse y casi toda la gente murió.
Cuando los indiecitos ya desfallecían pensando que el torrente se los iba a llevar también, algo chocó fuerte contra la roca; como estaba muy oscuro, no podían saber qué era y tuvieron aún más miedo al oír que aquello crujía y raspaba la piedra como una garra gigantesca.
A la luz de los relámpagos se dieron cuenta de que se trataba de las ramas de un árbol, un inmenso coihue centenario descuajado por el temporal, que se atajó en la roca al venir aguas abajo.
Los niños, acostumbrados a atravesar los ríos en canoas y leños, no dudaron en subir a aquel navío arbóreo, que elevaba sus ramas como mástiles y cuyo tronco se veía ancho y largo como un puente.
Se refugiaron entre el ramaje para protegerse de la lluvia, justo a tiempo. El árbol continuó aguas abajo con su nueva carga. Traía ya otros seres a bordo: los niños descubrieron entre las hojas no sólo nidos con sus huevos, sino a numerosos animalitos que se habían agarrado a los ramajes. Conejos, cururos y hasta una culebra, temblaban amansados por el miedo, junto a los pequeños indios.
Hasta el día siguiente, cuando aclaró un poco no descubrieron que en el árbol también iban un puma y una zorra, de las llamadas “chillas” por su modo de aullar.
- Estoy hostigado con la carne de conejo –insinuó el Puma cuando vio a los niños.
- Creo que debes seguirte hostigando, como yo de los cururos –contestó la Chilla con una sonrisa maliciosa.
- ¿Qué piensas, dime? –se asombró el Puma, entrecerrando los ojos.
- Tenemos fama de sanguinarios, amigo. Creo que esos niños se han salvado por algún favor de las estrellas y ha llegado el momento en que nosotros subamos de categoría.
- ¿Qué te propones? –preguntó el Puma.
- Me propongo y te propongo que los cuidemos y criemos y que sean nuestros hijos –respondió la Chilla irguiendo la cabeza.
- ¿Pero cómo puede ser eso? –rugió el Puma escandalizado.
La Chilla, que acababa de perder su camada de zorritos en la inundación, contestó:
- Yo… les daré la leche que ya no tomarán mis pequeños. Y Tú les enseñarás, como a tus cachorros, a ser los más fuertes y valientes de la Tierra, los más orgullosos que jamás se entregan.
El Puma meditó un rato agitando su cola.
- Con mi leche les transmitiré mi inteligencia y mi astucia –continuó la Chilla-. Es nuestra oportunidad.
Y empezó a acercarse lentamente a los niños, deteniéndose cuando ellos abrían demasiado los ojos o lanzaban un grito de miedo. Se restregó contra sus piernas y luego se echó al suelo, mostrando que tenía abundante leche.
Luego se aproximó al Puma con mayores cuidados, sintiendo que ya era famoso por esta acción.
Los niños, que no habían comprendido el lenguaje de gruñidos de los animales, no entendieron al comienzo su intención. Se extrañaron de que el Puma les pusiera en el pecho una pata sin garras, haciéndoles un cariño algo torpe y que la Chilla se diera vueltas en el suelo jugando, mientras los miraba con su expresión astuta, característica de la familia de los zorros.
Como llevaban días sin comer, no tardaron en tomar confianza y beber la leche que la Chilla, de manera evidente, les ofrecía. Y junto con este alimento, entendieron el lenguaje de los animales.
Viajaron varios días en el árbol gigante. Los pájaros venían a pararse en sus ramas y otros animales treparon al tronco salvador, sin saber que entre el ramaje se escondían el Puma y la Chilla.
Los niños construyeron una ruca y el sol entraba por la puerta que daba al oriente y salía por la del poniente, según la antigua costumbre de la gente de la tierra, que respetaba los puntos cardinales y tienen al número cuatro como sagrado.
Cuando por fin el Hacedor de lluvias se cansó de galopar sobre las nubes y regresó a su escondite detrás de los cerros, las aguas empezaron a bajar y los ríos a volver a su cauce.
Entonces el coihue se enterró en el barro como un navío que encalla y cuando el viento secó la tierra, el Puma, la Chilla y los niños saltaron del tronco y buscaron un valle escondido donde vivir.
Lo primero que hicieron, aun antes de construir otra ruca, o de buscar una cueva donde habitar, fue poner nombre a los hijos adoptivos. Nombres mágicos que los protegerían para siempre. Al niño lo llamaron Manque, el cóndor que planea en el cielo vigilando la tierra y a la niña, Melipal, como a la Cruz del Sur.
La Chilla les habló de buscar otros alimentos. Y los niños recordaron las palabras de su padre, sobre lo que la naturaleza regala: los piñones, las fresas silvestres, las papas, las avellanas y la murta. Pero como reinaba el invierno y las aguas habían arrasado con los frutos, siguieron alimentándose con la leche de la Chilla y con la carne que el Puma les traía.
Pronto fueron expertos cazadores con las enseñanzas de su padre adoptivo; aprendieron a seguir los rastros, a oler del viento, a percibir los signos de la naturaleza. El Puma empezó a jugar con ellos para que supieran defenderse, siendo distintos de los que enseñó al niño los juegos y luchas que mostró la niña.
Cuando llegó la primavera y floreció la selva y se dieron los primeros frutos, la Chilla dejó de dar leche a los niños y se alimentaron de hierbas y raíces, de peces de los riachuelos, de aves de las lagunas, de huevos silvestres, de animalitos que ellos mismos conseguían. La Chilla les enseño todas sus mañas: cómo atraer a los gansos curiosos, revolcándose en el suelo y moviendo las patas; cómo poner trampas y redes, imitar cantos, en fin, el arte refinado de cazar para comer.
Además, les dieron lecciones más importantes, que Melipal y Manque nunca olvidaron.
- Hay que sonreír siempre, como lo hago yo –les advirtió la Chilla una noche que reposaban junto al fuego-. Es muy importante la cara, sobre todo si estamos delante del enemigo.
- Tú sonríes demasiado –interrumpió el Puma-. Es preferible una expresión indiferente; así no saben lo que pensamos. Pero cuando uno tiene que atacar, la furia debe brillar en los ojos y en todo el cuerpo. Otras veces se necesita el silencio y preparar cada músculo para sorprender al enemigo, así –y el león mostró la actitud en acecho.
Y mientras el Puma les dio clases sobre las tácticas de guerra, la Chilla les enseñó las astucias de la diplomacia.
Cuando estuvieron bien entrenados para el enemigo, Melipal preguntó un día:
- ¿Y no tendremos amigos, también?
Los dos animales, preocupados más de la defensa según la ley de las selvas del sur, se miraron sorprendidos:
- ¿Amigos? –dijeron a coro.
Los niños se pusieron a reír al ver sus expresiones: a la Chilla se le enchuecó la risa y al Puma se le pusieron ojos de pescado.
- Son importantes los amigos también en la guerra –exclamó Manque-. Hay que confiar en alguien y tener aliados.
- Supongo que no viviremos en guerra siempre –añadió Melipal.
El Puma consideró que había que pensar lo de los amigos y se alejó por el bosque en busca de un arroyuelo.
- El correr del agua mueve mis pensamientos –dijo.
La Chilla, en cambio, empezó a darse vueltas para pillarse la cola donde le picaba una pulga; y esto también le removió los sesos.
Al final de la tarde, los niños escucharon los consejos de sus padres adoptivos.
- Hay que oler bien a los recién conocidos antes de llamarlos amigos –dijo el Puma-. El olfato no engaña.
- Conviene más oír que contar nuestros secretos –agregó la Chilla.
- Si nosotros somos verdaderos, ningún mentiroso nos engañará –sentenció el Puma-. Cuidado con ese deseo de escondernos de nosotros mismos que a veces nos domina.
- El olor de la mentira es fuerte y desagradable –exclamó la Chilla-. Aunque el mentiroso se adorne y disimule, su engaño parecerá en cada movimiento y gesto que haga.
- No es un olor del cuerpo, sino del alma –explicó el Puma viendo la expresión de los niños.
- Los amigos son como hermanos, ni más arriba ni más abajo que nosotros –advirtió la Chilla.
- La verdadera igualdad sólo se consigue en el amor de los amigos –concluyó el Puma, dando un suspiro por lo mucho que había pensado.
- Ahora conocemos la guerra y la paz –dijo Manque- y podemos salir del valle a buscar a otros niños como nosotros.
- Parece que ha llegado la hora de despedirnos –murmuró la Chilla con tristeza.
Resolvieron esperar la luz de pleno día para un momento tan importante.
Contrariando sus costumbres nocturnas, el Puma y la Chilla salieron de sus madrigueras cuando el sol lució en el cenit. Se sentaron muy erguidos frente a Manque y Melipal y dijeron sus últimas palabras:
- De ahora en adelante ustedes son “la gente de la tierra”, los mapuches que llevan en su sangre la fuerza y la valentía del puma. Este es un pacto para siempre entre la raza de ustedes y la mía –dijo el Puma.
En seguida habló la Chilla:
- También llevan en su sangre la astucia de los zorros. Los hijos de ustedes nos mirarán con simpatía, porque en cada uno de ellos la leche que les di gritará que fui su madre.
Melipal y Manque abrazaron a sus padres adoptivos y ellos lamieron sus caras y sus manos como última despedida.
Tuvieron que caminar mucho para encontrar valles fértiles donde algunos niños y niñas vivían, también salvados de las aguas por otros animales. Cuentan que a los de las islas los libraron de ahogarse los delfines.
De esta manera se volvieron a formar las tribus y los mapuches fueron la gente más valiente y astuta y nadie los pudo vencer jamás en la guerra. De padres a hijos se transmitieron esta historia hasta que se transformó en leyenda y ellos saben que descienden de los pumas y los zorros.
[1] Tomado del libro “Cuentos Araucanos. La gente de la tierra”, de Alicia Morel. Editorial Andrés Bello, edición 2004.
(Leyenda sobre el origen de la raza mapuche)
Las abuelas de las tribus mapuches cuentan cómo se formó la gente de la tierra. Sus cualidades más notables, la fuerza y la astucia, dicen que las heredaron del puma y de los zorros de la siguiente manera:
Hace muchos años un indio convidó a sus hijos, niño y niña, a subir la montaña a recoger piñones.
Aunque los niños eran de corta edad, podían ayudar metiéndose en lugares estrechos o bajando a las quebradas para juntar el fruto que durante el invierno les serviría de alimento.
Partieron con sacos y canastos, arriando un par de guanacos para cargarlos con la cosecha.
Todavía no se dejaban caer las lluvias, aunque el otoño comenzaba. Los días habían estado calurosos y mientras subían a la montaña, escuchaban el estallido de los piñones, en lo alto de las araucarias, lanzando por el aire su carga de sabrosas semillas.
El padre y los niños celebraban con gritos y risas cada estallido de los piñones, que como lluvia, caían a la tierra, entre la hojarasca.
- ¡La cosecha será muy buena, con este tiempo seco! -celebró el padre-. Estaremos varios días por allá arriba, en el gran bosque.
Y contó a los niños que los piñones eran regalo de los espíritus protectores, lo mismo que las fresas silvestres, las papas, las avellanas y la deliciosa murta, que además de ser una planta linda de mirar, carece de espinas.
En el gran bosque buscaron un lugar donde dormir y luego se pusieron a recoger piñones que ese año se habían dado especialmente grandes y de cáscara firme y dorada.
Y estaban en medio de su tarea cuando de pronto el tiempo cambió. Sopló el viento norte, los nubarrones aparecieron unos más negros que otros por detrás de los cerros como si alguien los fabricara sin cesar.
Y aunque el padre y los niños se apresuraron a llenar sus sacos y canastos para descender luego al valle, el temporal los sorprendió en plena cordillera. Al poco rato los riachuelos se transformaron en torrentes y los ríos en grandes avenidas. El Hacedor de lluvias, montado en sus nubarrones, hizo caer un verdadero diluvio.
- Vamos a refugiarnos en una roca alta – dijo el padre, indicando un enorme peñasco que sobresalía como una plataforma sobre la quebrada. Ayudó a los niños a trepar, pero ni él ni los guanacos cargados de frutos alcanzaron a subir y un torrente arrastró en sus aguas, que retumbaban con todas las voces desatadas de la montaña.
Los niños lloraron a gritos, abrazados sobre la roca, al ver desaparecer a su padre y a la pareja de guanacos que criaron desde pequeños; pero sus llantos no hacían sino aumentar la furia de las aguas. El Hacedor de lluvias reía con largos truenos y dejaba caer culebrillas relampagueantes para iluminar el desastre; el espectáculo de los pueblos arrasados y de los hombres y animales que se ahogaban parecía producirle una gran felicidad.
Pasaron muchas horas, tal vez días, y los indiecitos se sintieron condenados a morir de hambre y frío en su refugio. La tempestad aumentaba a ratos y luego decaía sólo para cobrar nueva fuerza. Los valles empezaron a inundarse y casi toda la gente murió.
Cuando los indiecitos ya desfallecían pensando que el torrente se los iba a llevar también, algo chocó fuerte contra la roca; como estaba muy oscuro, no podían saber qué era y tuvieron aún más miedo al oír que aquello crujía y raspaba la piedra como una garra gigantesca.
A la luz de los relámpagos se dieron cuenta de que se trataba de las ramas de un árbol, un inmenso coihue centenario descuajado por el temporal, que se atajó en la roca al venir aguas abajo.
Los niños, acostumbrados a atravesar los ríos en canoas y leños, no dudaron en subir a aquel navío arbóreo, que elevaba sus ramas como mástiles y cuyo tronco se veía ancho y largo como un puente.
Se refugiaron entre el ramaje para protegerse de la lluvia, justo a tiempo. El árbol continuó aguas abajo con su nueva carga. Traía ya otros seres a bordo: los niños descubrieron entre las hojas no sólo nidos con sus huevos, sino a numerosos animalitos que se habían agarrado a los ramajes. Conejos, cururos y hasta una culebra, temblaban amansados por el miedo, junto a los pequeños indios.
Hasta el día siguiente, cuando aclaró un poco no descubrieron que en el árbol también iban un puma y una zorra, de las llamadas “chillas” por su modo de aullar.
- Estoy hostigado con la carne de conejo –insinuó el Puma cuando vio a los niños.
- Creo que debes seguirte hostigando, como yo de los cururos –contestó la Chilla con una sonrisa maliciosa.
- ¿Qué piensas, dime? –se asombró el Puma, entrecerrando los ojos.
- Tenemos fama de sanguinarios, amigo. Creo que esos niños se han salvado por algún favor de las estrellas y ha llegado el momento en que nosotros subamos de categoría.
- ¿Qué te propones? –preguntó el Puma.
- Me propongo y te propongo que los cuidemos y criemos y que sean nuestros hijos –respondió la Chilla irguiendo la cabeza.
- ¿Pero cómo puede ser eso? –rugió el Puma escandalizado.
La Chilla, que acababa de perder su camada de zorritos en la inundación, contestó:
- Yo… les daré la leche que ya no tomarán mis pequeños. Y Tú les enseñarás, como a tus cachorros, a ser los más fuertes y valientes de la Tierra, los más orgullosos que jamás se entregan.
El Puma meditó un rato agitando su cola.
- Con mi leche les transmitiré mi inteligencia y mi astucia –continuó la Chilla-. Es nuestra oportunidad.
Y empezó a acercarse lentamente a los niños, deteniéndose cuando ellos abrían demasiado los ojos o lanzaban un grito de miedo. Se restregó contra sus piernas y luego se echó al suelo, mostrando que tenía abundante leche.
Luego se aproximó al Puma con mayores cuidados, sintiendo que ya era famoso por esta acción.
Los niños, que no habían comprendido el lenguaje de gruñidos de los animales, no entendieron al comienzo su intención. Se extrañaron de que el Puma les pusiera en el pecho una pata sin garras, haciéndoles un cariño algo torpe y que la Chilla se diera vueltas en el suelo jugando, mientras los miraba con su expresión astuta, característica de la familia de los zorros.
Como llevaban días sin comer, no tardaron en tomar confianza y beber la leche que la Chilla, de manera evidente, les ofrecía. Y junto con este alimento, entendieron el lenguaje de los animales.
Viajaron varios días en el árbol gigante. Los pájaros venían a pararse en sus ramas y otros animales treparon al tronco salvador, sin saber que entre el ramaje se escondían el Puma y la Chilla.
Los niños construyeron una ruca y el sol entraba por la puerta que daba al oriente y salía por la del poniente, según la antigua costumbre de la gente de la tierra, que respetaba los puntos cardinales y tienen al número cuatro como sagrado.
Cuando por fin el Hacedor de lluvias se cansó de galopar sobre las nubes y regresó a su escondite detrás de los cerros, las aguas empezaron a bajar y los ríos a volver a su cauce.
Entonces el coihue se enterró en el barro como un navío que encalla y cuando el viento secó la tierra, el Puma, la Chilla y los niños saltaron del tronco y buscaron un valle escondido donde vivir.
Lo primero que hicieron, aun antes de construir otra ruca, o de buscar una cueva donde habitar, fue poner nombre a los hijos adoptivos. Nombres mágicos que los protegerían para siempre. Al niño lo llamaron Manque, el cóndor que planea en el cielo vigilando la tierra y a la niña, Melipal, como a la Cruz del Sur.
La Chilla les habló de buscar otros alimentos. Y los niños recordaron las palabras de su padre, sobre lo que la naturaleza regala: los piñones, las fresas silvestres, las papas, las avellanas y la murta. Pero como reinaba el invierno y las aguas habían arrasado con los frutos, siguieron alimentándose con la leche de la Chilla y con la carne que el Puma les traía.
Pronto fueron expertos cazadores con las enseñanzas de su padre adoptivo; aprendieron a seguir los rastros, a oler del viento, a percibir los signos de la naturaleza. El Puma empezó a jugar con ellos para que supieran defenderse, siendo distintos de los que enseñó al niño los juegos y luchas que mostró la niña.
Cuando llegó la primavera y floreció la selva y se dieron los primeros frutos, la Chilla dejó de dar leche a los niños y se alimentaron de hierbas y raíces, de peces de los riachuelos, de aves de las lagunas, de huevos silvestres, de animalitos que ellos mismos conseguían. La Chilla les enseño todas sus mañas: cómo atraer a los gansos curiosos, revolcándose en el suelo y moviendo las patas; cómo poner trampas y redes, imitar cantos, en fin, el arte refinado de cazar para comer.
Además, les dieron lecciones más importantes, que Melipal y Manque nunca olvidaron.
- Hay que sonreír siempre, como lo hago yo –les advirtió la Chilla una noche que reposaban junto al fuego-. Es muy importante la cara, sobre todo si estamos delante del enemigo.
- Tú sonríes demasiado –interrumpió el Puma-. Es preferible una expresión indiferente; así no saben lo que pensamos. Pero cuando uno tiene que atacar, la furia debe brillar en los ojos y en todo el cuerpo. Otras veces se necesita el silencio y preparar cada músculo para sorprender al enemigo, así –y el león mostró la actitud en acecho.
Y mientras el Puma les dio clases sobre las tácticas de guerra, la Chilla les enseñó las astucias de la diplomacia.
Cuando estuvieron bien entrenados para el enemigo, Melipal preguntó un día:
- ¿Y no tendremos amigos, también?
Los dos animales, preocupados más de la defensa según la ley de las selvas del sur, se miraron sorprendidos:
- ¿Amigos? –dijeron a coro.
Los niños se pusieron a reír al ver sus expresiones: a la Chilla se le enchuecó la risa y al Puma se le pusieron ojos de pescado.
- Son importantes los amigos también en la guerra –exclamó Manque-. Hay que confiar en alguien y tener aliados.
- Supongo que no viviremos en guerra siempre –añadió Melipal.
El Puma consideró que había que pensar lo de los amigos y se alejó por el bosque en busca de un arroyuelo.
- El correr del agua mueve mis pensamientos –dijo.
La Chilla, en cambio, empezó a darse vueltas para pillarse la cola donde le picaba una pulga; y esto también le removió los sesos.
Al final de la tarde, los niños escucharon los consejos de sus padres adoptivos.
- Hay que oler bien a los recién conocidos antes de llamarlos amigos –dijo el Puma-. El olfato no engaña.
- Conviene más oír que contar nuestros secretos –agregó la Chilla.
- Si nosotros somos verdaderos, ningún mentiroso nos engañará –sentenció el Puma-. Cuidado con ese deseo de escondernos de nosotros mismos que a veces nos domina.
- El olor de la mentira es fuerte y desagradable –exclamó la Chilla-. Aunque el mentiroso se adorne y disimule, su engaño parecerá en cada movimiento y gesto que haga.
- No es un olor del cuerpo, sino del alma –explicó el Puma viendo la expresión de los niños.
- Los amigos son como hermanos, ni más arriba ni más abajo que nosotros –advirtió la Chilla.
- La verdadera igualdad sólo se consigue en el amor de los amigos –concluyó el Puma, dando un suspiro por lo mucho que había pensado.
- Ahora conocemos la guerra y la paz –dijo Manque- y podemos salir del valle a buscar a otros niños como nosotros.
- Parece que ha llegado la hora de despedirnos –murmuró la Chilla con tristeza.
Resolvieron esperar la luz de pleno día para un momento tan importante.
Contrariando sus costumbres nocturnas, el Puma y la Chilla salieron de sus madrigueras cuando el sol lució en el cenit. Se sentaron muy erguidos frente a Manque y Melipal y dijeron sus últimas palabras:
- De ahora en adelante ustedes son “la gente de la tierra”, los mapuches que llevan en su sangre la fuerza y la valentía del puma. Este es un pacto para siempre entre la raza de ustedes y la mía –dijo el Puma.
En seguida habló la Chilla:
- También llevan en su sangre la astucia de los zorros. Los hijos de ustedes nos mirarán con simpatía, porque en cada uno de ellos la leche que les di gritará que fui su madre.
Melipal y Manque abrazaron a sus padres adoptivos y ellos lamieron sus caras y sus manos como última despedida.
Tuvieron que caminar mucho para encontrar valles fértiles donde algunos niños y niñas vivían, también salvados de las aguas por otros animales. Cuentan que a los de las islas los libraron de ahogarse los delfines.
De esta manera se volvieron a formar las tribus y los mapuches fueron la gente más valiente y astuta y nadie los pudo vencer jamás en la guerra. De padres a hijos se transmitieron esta historia hasta que se transformó en leyenda y ellos saben que descienden de los pumas y los zorros.
[1] Tomado del libro “Cuentos Araucanos. La gente de la tierra”, de Alicia Morel. Editorial Andrés Bello, edición 2004.
Primera Estación
Esta estación tiene el sentido de conectarse con uno mismo, observando la naturaleza del ser íntegro a través del yoga.
Dentro de este reconocimiento podemos observar cómo el ser humano va cambiando su sentir en las diferentes etapas de su vida, pero siempre mantiene mientras esté vivo sus diferentes cuerpos: físico, mental y espiritual.
En cada uno de esto planos podemos trabajar con el yoga, cualquiera sea el estilo que determinemos para hacerlo. Se verán entonces cultivadas la conciencia, los procesos de sanación, la vitalidad y nuestra espiritualidad. Se sentirá el proceso de armonización y equilibrio en el ser.
La práctica diaria y constante, crea un buen hábito donde se pueden ir reconociendo los logros y evolución que van sucediendo de ésta. Una buena hora para la práctica es antes que salga el sol y luego que éste se ponga, pero si en estos horarios no es posible, cualquier momento del día será bueno.
Cada uno deberá ir aprendiendo qué es lo que más necesita reforzar (meditación, asanas “posturas”, mantras, etc.). Los niños pueden experimentar como juego junto con sus padres.
Siempre recuerde que no debe sentirse presionado ni obligado, por el contrario busque el amor hacia sí mismo, para que logre una buena práctica y se pueda conectar con su ser externo e interno.
Dele espacio a sus hijos para que ellos también vayan aprendiendo en forma amorosa la práctica del yoga.
¡Bienvenido a este camino!
SEÑOR HAZ DE MI VIDA UNA LUZ
Señor, que mi vida sea
una llama
una pequeña luz que brille
allí donde vaya
Señor, que mi vida sea
una flor
humilde y pequeña
abrazada a tu rama
Señor, que mi vida sea
un cayado
un bastón que sostenga
al que ha flaqueado
M. Bentham Edwardsthat
Dentro de este reconocimiento podemos observar cómo el ser humano va cambiando su sentir en las diferentes etapas de su vida, pero siempre mantiene mientras esté vivo sus diferentes cuerpos: físico, mental y espiritual.
En cada uno de esto planos podemos trabajar con el yoga, cualquiera sea el estilo que determinemos para hacerlo. Se verán entonces cultivadas la conciencia, los procesos de sanación, la vitalidad y nuestra espiritualidad. Se sentirá el proceso de armonización y equilibrio en el ser.
La práctica diaria y constante, crea un buen hábito donde se pueden ir reconociendo los logros y evolución que van sucediendo de ésta. Una buena hora para la práctica es antes que salga el sol y luego que éste se ponga, pero si en estos horarios no es posible, cualquier momento del día será bueno.
Cada uno deberá ir aprendiendo qué es lo que más necesita reforzar (meditación, asanas “posturas”, mantras, etc.). Los niños pueden experimentar como juego junto con sus padres.
Siempre recuerde que no debe sentirse presionado ni obligado, por el contrario busque el amor hacia sí mismo, para que logre una buena práctica y se pueda conectar con su ser externo e interno.
Dele espacio a sus hijos para que ellos también vayan aprendiendo en forma amorosa la práctica del yoga.
¡Bienvenido a este camino!
SEÑOR HAZ DE MI VIDA UNA LUZ
Señor, que mi vida sea
una llama
una pequeña luz que brille
allí donde vaya
Señor, que mi vida sea
una flor
humilde y pequeña
abrazada a tu rama
Señor, que mi vida sea
un cayado
un bastón que sostenga
al que ha flaqueado
M. Bentham Edwardsthat
Las estaciones de trabajo y el circuito
Conformación de los grupos
Los participantes adultos y niños se integrarán a un grupo de trabajo, con el cual permanecerán durante toda la realización del circuito.
Los grupos se conformarán en la medida que las personas llegan y se van inscribiendo a primera hora del día sábado. En ese momento se les entregará un identificador donde estará su nombre y el grupo al cual pertenecen. El grupo estará marcado por un símbolo y un color, que permita ser reconocido por adultos y niños.
Para la conformación de los grupos se procurará que los niños menores queden junto con sus adultos responsables. Los menores de 3 años tendrán la posibilidad de quedarse en el espacio de Guardería, que estará a cargo de 2 personas contratadas para este trabajo (Myriam y Paulina). Sin embargo, la madre o padre que viene con el menor deberá estar atento a sus necesidades durante el transcurso de la jornada.
Cada grupo además será acompañado por una “monitora de grupo” (persona de la coordinación que acompaña al grupo entre una estación y otra, y los orienta para el buen recorrido del circuito). Las monitoras son las siguientes:
- Carmina (grupo amarillo)
- Marileu (grupo naranjo)
- Luna (grupo blanco)
- Xiomara (grupo celeste)
Estaciones del circuito
Coordinadora general del circuito: Manana
Ejes transversales temáticos: Ecología, Espiritualidad
Ejes transversales didácticos: espacios de silencio y contemplación, espacios de juego, espacios de reflexión y conclusión, espacios de acción.
Explicación del sentido de las estaciones
El circuito está formado por cuatro estaciones, las cuales serán recorridas por los diferentes grupos de participantes que se conformen en diferente orden. Esto quiere decir, que las estaciones están todas interrelacionadas, pero que no necesariamente debe pasarse por alguna antes de llegar a la siguiente.
La Estación 1 está centrada en el Yo individual, da cuenta del contacto con la propia naturaleza, el autoconocimiento y la toma de conciencia, a partir del propio cuerpo y de la integración de éste con la mente y el espíritu. El sentido principal de esta estación es reconocernos como seres sagrados, y reconocer nuestro cuerpo como un templo que debe cuidarse y respetarse.
La Estación 2 nos visualiza como seres que tienen una historia y un legado, recibido de nuestros ancestros. Rescata la importancia de nuestros orígenes y el reconocimiento de una realidad presente que viene marcada por acciones pasadas.
La Estación 3 se focaliza en el individuo que se abre el mundo y establece relaciones diversas. El sentido principal de esta estación es poder establecer la conexión entre nuestro modo de actuar y relacionarnos en el presente, desde los espacios cotidianos, con las consecuencias que esto trae para el resto de los seres y para la tierra.
La Estación 4 tiene una mirada global, y nos posiciona a los seres humanos como uno más dentro de toda la gama de seres del Universo. Busca una expansión de la conciencia individual a una más universal.
Hay también un Consejo Infantil en donde trabajan solamente los menores, y que se da en los tiempos en que los Adultos entran a su propio Consejo de Adultos.
Coordinadores de las estaciones
Estación 1
Eje temático: Salud integral
Eje didáctico: Trabajo corporal (movimiento, postura, respiración y yoga)
Coordinador responsable: Madre Goura y Madre Syama
Equipo de apoyo: 2 personas
Lugar de operación: Multicancha techada
Estación 2
Eje temático: Raíces
Eje didáctico: Arte y creatividad (cuentos tradición mapuche y pintura)
Coordinador responsable: Guru Hari Singh y Juan Liempi
Equipo de apoyo: 2 personas
Lugar de operación: Espacio techado costado escalera
Estación 3
Eje temático: Acción cotidiana y relaciones
Eje didáctico: Trabajo con residuos (confección de máscaras)
Coordinador responsable: Juan Vergara y Yamile Jure
Equipo de apoyo: 2 personas
Lugar de operación: Laboratorio
Estación 4
Eje temático: Relación con el universo
Eje didáctico: Trabajo con plantas y contemplación (todavía por confirmar)
Coordinador responsable: Myriam Lavín
Equipo de apoyo: 7 personas Grupo Tun
Lugar de operación: Patios abiertos y Entorno de la Escuela
Consejo infantil (solamente para niños)
Coordinador responsable: Madre Syama
Equipo de apoyo: Yazmín, Guru Hari Singh
Consejo de adultos (solamente para adultos)
Coordinador responsable: Sadasat Singh
Equipo de apoyo: Raimundo
Lugar de operación: Biblioteca
El sentido de esta reflexión es compartir el quehacer y las experiencias de los participantes y establecer un espacio de conexión y coordinación para posibles acciones a futuro.
Los participantes adultos y niños se integrarán a un grupo de trabajo, con el cual permanecerán durante toda la realización del circuito.
Los grupos se conformarán en la medida que las personas llegan y se van inscribiendo a primera hora del día sábado. En ese momento se les entregará un identificador donde estará su nombre y el grupo al cual pertenecen. El grupo estará marcado por un símbolo y un color, que permita ser reconocido por adultos y niños.
Para la conformación de los grupos se procurará que los niños menores queden junto con sus adultos responsables. Los menores de 3 años tendrán la posibilidad de quedarse en el espacio de Guardería, que estará a cargo de 2 personas contratadas para este trabajo (Myriam y Paulina). Sin embargo, la madre o padre que viene con el menor deberá estar atento a sus necesidades durante el transcurso de la jornada.
Cada grupo además será acompañado por una “monitora de grupo” (persona de la coordinación que acompaña al grupo entre una estación y otra, y los orienta para el buen recorrido del circuito). Las monitoras son las siguientes:
- Carmina (grupo amarillo)
- Marileu (grupo naranjo)
- Luna (grupo blanco)
- Xiomara (grupo celeste)
Estaciones del circuito
Coordinadora general del circuito: Manana
Ejes transversales temáticos: Ecología, Espiritualidad
Ejes transversales didácticos: espacios de silencio y contemplación, espacios de juego, espacios de reflexión y conclusión, espacios de acción.
Explicación del sentido de las estaciones
El circuito está formado por cuatro estaciones, las cuales serán recorridas por los diferentes grupos de participantes que se conformen en diferente orden. Esto quiere decir, que las estaciones están todas interrelacionadas, pero que no necesariamente debe pasarse por alguna antes de llegar a la siguiente.
La Estación 1 está centrada en el Yo individual, da cuenta del contacto con la propia naturaleza, el autoconocimiento y la toma de conciencia, a partir del propio cuerpo y de la integración de éste con la mente y el espíritu. El sentido principal de esta estación es reconocernos como seres sagrados, y reconocer nuestro cuerpo como un templo que debe cuidarse y respetarse.
La Estación 2 nos visualiza como seres que tienen una historia y un legado, recibido de nuestros ancestros. Rescata la importancia de nuestros orígenes y el reconocimiento de una realidad presente que viene marcada por acciones pasadas.
La Estación 3 se focaliza en el individuo que se abre el mundo y establece relaciones diversas. El sentido principal de esta estación es poder establecer la conexión entre nuestro modo de actuar y relacionarnos en el presente, desde los espacios cotidianos, con las consecuencias que esto trae para el resto de los seres y para la tierra.
La Estación 4 tiene una mirada global, y nos posiciona a los seres humanos como uno más dentro de toda la gama de seres del Universo. Busca una expansión de la conciencia individual a una más universal.
Hay también un Consejo Infantil en donde trabajan solamente los menores, y que se da en los tiempos en que los Adultos entran a su propio Consejo de Adultos.
Coordinadores de las estaciones
Estación 1
Eje temático: Salud integral
Eje didáctico: Trabajo corporal (movimiento, postura, respiración y yoga)
Coordinador responsable: Madre Goura y Madre Syama
Equipo de apoyo: 2 personas
Lugar de operación: Multicancha techada
Estación 2
Eje temático: Raíces
Eje didáctico: Arte y creatividad (cuentos tradición mapuche y pintura)
Coordinador responsable: Guru Hari Singh y Juan Liempi
Equipo de apoyo: 2 personas
Lugar de operación: Espacio techado costado escalera
Estación 3
Eje temático: Acción cotidiana y relaciones
Eje didáctico: Trabajo con residuos (confección de máscaras)
Coordinador responsable: Juan Vergara y Yamile Jure
Equipo de apoyo: 2 personas
Lugar de operación: Laboratorio
Estación 4
Eje temático: Relación con el universo
Eje didáctico: Trabajo con plantas y contemplación (todavía por confirmar)
Coordinador responsable: Myriam Lavín
Equipo de apoyo: 7 personas Grupo Tun
Lugar de operación: Patios abiertos y Entorno de la Escuela
Consejo infantil (solamente para niños)
Coordinador responsable: Madre Syama
Equipo de apoyo: Yazmín, Guru Hari Singh
Consejo de adultos (solamente para adultos)
Coordinador responsable: Sadasat Singh
Equipo de apoyo: Raimundo
Lugar de operación: Biblioteca
El sentido de esta reflexión es compartir el quehacer y las experiencias de los participantes y establecer un espacio de conexión y coordinación para posibles acciones a futuro.
10 octubre, 2006
Encontrarnos en familia
La realización del Segundo Encuentro de Ecología y Espiritualidad – Región de Coquimbo se fundamenta en razones de continuidad y desarrollo de los objetivos y actividades formulados en el proyecto anterior (financiado por el mismo fondo público de fortalecimiento de la sociedad civil).
En efecto, la realización del Primer Encuentro, significó una aproximación significativa de diversos componentes del tejido social de la región, sensibles a la problemática del medio ambiente, dentro de un marco de reflexión y actividades que permitieron sintonizar perspectivas, afinar puntos de vista, generar actividades y principalmente sensibilizarse respecto a la necesidad que socialmente existe de un cambio en la manera de ser y vivir en sociedad, más aun si pretendemos sobrevivir a los cambios que vertiginosamente se manifiestan en todo el planeta. Este cambio, como se manifestó en la fundamentación del proyecto anterior, significa situarnos como seres humanos dentro de la vasta red de la vida como colaboradores y no controladores de los procesos naturales.
Este punto de vista biocéntrico, requiere ser compartido, vivenciado con las nuevas generaciones si se pretende corregir o disminuir el impacto del comportamiento generado desde el sistema socioeconómico global: consumismo exacerbado, depredación del ambiente y la biosfera, irresponsabilidad ecológica, depresión, infelicidad. El desarrollo que propone este Segundo Encuentro entonces, tiene que ver con afianzar esta visión integrada del ser humano en su ambiente (rural/urbano) y conjuntamente su proyección en nuevos modelos de vida que permitan su sostenimiento en el tiempo: la necesidad de compartir estos valores con niños y jóvenes.
La perspectiva que las organizaciones convocantes tenemos con relación a la formación de niños y jóvenes viene dada por nuestras propias vivencias: en el espacio de nuestras comunidades y en cualquier espacio comunitario, la mediación amorosa, interesante, entretenida del saber y el hacer produce la apropiación por parte de los pequeños, junto con los valores que su espacio cercano comparte.
En concordancia con las más recientes corrientes educativas, creemos que la apropiación de nuevos saberes, habilidades y emociones, necesariamente ocurre en un espacio de común actividad en la que adultos y niños comparten experiencias, retroalimentándose y “enseñándose” mutuamente. Entendemos que educar es entonces iluminarnos respecto a que todos somos maestros y aprendices, sin importar nuestra edad ni condición.
Así la intención de este Segundo Encuentro, es generar un espacio de aprendizaje compartido en que niños y adultos hacen práctica de conocimientos y actividades relacionadas con los lenguajes expresivos, el cultivo del propio cuerpo, la integración con la naturaleza, las iniciativas por generar una cultura sustentable, con el fin de mostrar y sistematizar aquello que se viene poniendo en práctica en pequeñas comunidades. La sistematización de estas prácticas educativas informales, permitiría visualizar formas en las que estos conocimientos y destrezas pudieran reproducirse más allá del ámbito de influencia presencial del Encuentro.
En efecto, la realización del Primer Encuentro, significó una aproximación significativa de diversos componentes del tejido social de la región, sensibles a la problemática del medio ambiente, dentro de un marco de reflexión y actividades que permitieron sintonizar perspectivas, afinar puntos de vista, generar actividades y principalmente sensibilizarse respecto a la necesidad que socialmente existe de un cambio en la manera de ser y vivir en sociedad, más aun si pretendemos sobrevivir a los cambios que vertiginosamente se manifiestan en todo el planeta. Este cambio, como se manifestó en la fundamentación del proyecto anterior, significa situarnos como seres humanos dentro de la vasta red de la vida como colaboradores y no controladores de los procesos naturales.
Este punto de vista biocéntrico, requiere ser compartido, vivenciado con las nuevas generaciones si se pretende corregir o disminuir el impacto del comportamiento generado desde el sistema socioeconómico global: consumismo exacerbado, depredación del ambiente y la biosfera, irresponsabilidad ecológica, depresión, infelicidad. El desarrollo que propone este Segundo Encuentro entonces, tiene que ver con afianzar esta visión integrada del ser humano en su ambiente (rural/urbano) y conjuntamente su proyección en nuevos modelos de vida que permitan su sostenimiento en el tiempo: la necesidad de compartir estos valores con niños y jóvenes.
La perspectiva que las organizaciones convocantes tenemos con relación a la formación de niños y jóvenes viene dada por nuestras propias vivencias: en el espacio de nuestras comunidades y en cualquier espacio comunitario, la mediación amorosa, interesante, entretenida del saber y el hacer produce la apropiación por parte de los pequeños, junto con los valores que su espacio cercano comparte.
En concordancia con las más recientes corrientes educativas, creemos que la apropiación de nuevos saberes, habilidades y emociones, necesariamente ocurre en un espacio de común actividad en la que adultos y niños comparten experiencias, retroalimentándose y “enseñándose” mutuamente. Entendemos que educar es entonces iluminarnos respecto a que todos somos maestros y aprendices, sin importar nuestra edad ni condición.
Así la intención de este Segundo Encuentro, es generar un espacio de aprendizaje compartido en que niños y adultos hacen práctica de conocimientos y actividades relacionadas con los lenguajes expresivos, el cultivo del propio cuerpo, la integración con la naturaleza, las iniciativas por generar una cultura sustentable, con el fin de mostrar y sistematizar aquello que se viene poniendo en práctica en pequeñas comunidades. La sistematización de estas prácticas educativas informales, permitiría visualizar formas en las que estos conocimientos y destrezas pudieran reproducirse más allá del ámbito de influencia presencial del Encuentro.
PROGRAMA
SEGUNDO ENCUENTRO DE ECOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD
Sábado 8 de octubre:
8:30 Se convoca a los participantes que quieran viajar a la Escuela de El Molle en el bus del Encuentro a llegar a la Plaza de Abastos en La Serena
9:30 – 10:20 Bienvenida
Inscripciones
10:30 – 11:00 Rito de inicio
SEGUNDO ENCUENTRO DE ECOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD
Sábado 8 de octubre:
8:30 Se convoca a los participantes que quieran viajar a la Escuela de El Molle en el bus del Encuentro a llegar a la Plaza de Abastos en La Serena
9:30 – 10:20 Bienvenida
Inscripciones
10:30 – 11:00 Rito de inicio
11:10 - 11:40 Explicación del circuito
11:50 – 13:00 Inicio del circuito (1 estación)
13:30 – 14:45 Almuerzo
11:50 – 13:00 Inicio del circuito (1 estación)
13:30 – 14:45 Almuerzo
15:00 – 17:30 2ª parte circuito (2 estaciones)
17:45 – 19:00 Consejo de adultos
Consejo de niños
Colación
Domingo 9 de octubre:
8:30 – 9:30 Yoga
9:40 – 10:30 Desayuno
10:40 – 11:40 3ª parte circuito (1 estación)
11:45 – 12:00 Cierre del circuito
12:15 – 13:30 Consejo de adultos
Consejo de niños
13:40 – 15:10 Almuerzo
15:30 – 17:30 Muestra resultados circuito
Círculo final
17:45 – 18:30 Cóctel
18:30 – 19:00 Desmontaje y limpieza del lugar
19:00 Regreso
19:30 Sale bus desde la Escuela de El Molle a la plaza de Abastos en La Serena
17:45 – 19:00 Consejo de adultos
Consejo de niños
Colación
Domingo 9 de octubre:
8:30 – 9:30 Yoga
9:40 – 10:30 Desayuno
10:40 – 11:40 3ª parte circuito (1 estación)
11:45 – 12:00 Cierre del circuito
12:15 – 13:30 Consejo de adultos
Consejo de niños
13:40 – 15:10 Almuerzo
15:30 – 17:30 Muestra resultados circuito
Círculo final
17:45 – 18:30 Cóctel
18:30 – 19:00 Desmontaje y limpieza del lugar
19:00 Regreso
19:30 Sale bus desde la Escuela de El Molle a la plaza de Abastos en La Serena










